La Soledad. Un Rostro de Jano Bifronte

El miedo, viejo amigo del hombre o La guerra desde otra mirada

La Soledad. Un Rostro de Jano Bifronte

Introducción.

El pensamiento de un hombre es una guía, jamás una verdad absoluta, Una base para una búsqueda, Una mirada perdida en el espejo de nuestro Yo Individual Es un intento de encontrar un Yo social Todo para que nos acepte y le de validez. Como toda reflexión, nos señala, caracteriza y …, Pero que otro hombre piense,…, me ahogo,…, no lo puedo soportar,…, Ya no lo resisto,…, ¿Envidia, por qué tengo miedo y no lo puedo confesar?". Sera porque soy cobarde Eco seco del muro de agua de nuestras esperanzas

“La soledad, un rostro de Jano bifronte”.

El cambio es algo permanente y normal en la vida de toda sociedad. Las crisis son y deben ser parte del hacer de todo grupo humano que se adecua a la realidad cambiante. Los conflictos son una manifestación extrema de hombres alejados del amor y ello se demuestra en el hecho que voluntariamente no desean buscar el camino correcto para la solución de las crisis, es decir, la comunicación. El cambio y las crisis son algo normal y permanente en la vida de toda sociedad, la cual usando la comunicación permanente entre los distintos sectores que la forman, puede superarlos. Lo grave se presenta cuando uno o más sectores no desean el dialogo y sistemáticamente lo rechazan, asumiendo posturas negativas extremas y desafortunadas.

Existe un sentido claro y preciso en el hacer del hombre y este se manifiesta en su historia, definida como una ordenación clara, continua y lógica del rostro del hombre en sus infinitas facetas. La historia humana está orientada hacia el mejoramiento de las condiciones vitales y del entorno en donde el hombre asienta sus reales, pero esta superación no es una simple acumulación de haberes, bienes, poder, riquezas y honores. Sino que debemos entenderla como una acción permanente en función de la satisfacción de necesidades que marchan hacia la perfección del ser, la cual podemos englobar bajo el nombre de movimiento de liberación. El movimiento de liberación es construcción del porvenir y el hombre es el arquitecto de la misma.

Frente a la naturaleza el hombre debe construir su senda, teniendo presente las condiciones que ella le presenta y esforzándose por superar las vicisitudes que complican su trayectoria. En este sentido, la ciencia y la técnica deben ser entendidas como herramientas necesarias y fundamentales para el cumplimiento de su empresa.

Somos y debemos ser, en forma continua y permanente, proyectos de personas. Para ello, debemos ser capaces de saborear la palabra dulce o amarga que un poeta nos invite a beber, con sinceridad debemos caminar por las oraciones socialmente compartidas en la búsqueda de la verdad, porque ésta no es patrimonio individual o grupal de nadie, y la construimos todos, sin exclusión de ninguna clase, especie o forma.

En esto del hacer paso a paso, esfuerzo a esfuerzo, no existe un sentido claro y preciso para todos, pues la liberación fruto del trabajo, genio y sufrimiento de algunos, para otros es algo que se impone coactivamente y no es saludable para ellos. Los sacrificios encarnados y manifiestos de esperanza en unos, pueden representar en otros, asaltos y robos llenos de todo tipo de violaciones. Sin embargo, a pesar de todo el trabajo y la buena voluntad marchamos como en una tragedia hacia un conflicto, dado por la dificultad para podernos comunicar nuestro pensamiento. Predicamos en el desierto de nuestra sociedad y aramos en el mar de las muchedumbre y no alcanzamos a comprender que un conflicto social radicado en la extrema no comunicación entre grupos, se canalizará fácilmente por una pendiente en donde esta falta de medios de enlace entre los sectores en pugna los llevará a mal interpretar, a no desear comprender y en más de las veces a una verdadera omisión de un conjunto de estímulos que permitirían desarrollar situaciones de cooperación. La soledad es la no comunicación entre los grupos, y ella no es algo dado en la naturaleza, pues somos nosotros los que nos convertimos en solitarios al no saber ser solidarios, en otras palabras, al no querer amar.

Un conflicto social, paulatinamente, puede conducirnos a la soledad extrema, es decir a la última manifestación del individualismo, que es el antagonismo bélico. En efecto, la guerra es el conflicto social llevado a niveles de antagonismo bélico: la soledad llevada a su máxima coronación. Es un fenómeno extremo que puede producirse entre grupos pertenecientes a una misma o a distintas sociedades, que comparten y reclaman los mismos espacios de seguridad relativa y no pueden o no quieren comunicarse.

La guerra la debemos entender como un conflicto social organizado entre dos o más grupos lo cual no significa que haya de evitarla a toda costa.

Si entendemos por perfección la más completa realización de las posibilidades de una persona, es el hombre mediante su hacer como tal, el que hace con el esfuerzo de un trabajo cotidiano el camino hacia la perfección.

El hombre está hecho por el Creador para vivir y comunicarse con los seres de su misma naturaleza. Es la sociedad el lugar de la multiplicación de las relaciones mutuas entre los hombres que buscan construirse y constituirse en personas. Es el crecimiento de estas relaciones lo que nos permite transformarnos en una comunidad de personas y es la sociedad el lugar en el que se busca y encuentra la perfección. La perfección, sustentada en el coloquio fraterno, está hondamente enraizada en la comunidad que se establece entre las personas y para lograrla debe existir un respeto mutuo, sostenido sobre el pleno reconocimiento de la dignidad espiritual de los otros, es decir, se trata no sólo de recibir de los demás, sino que también debe existir una intención manifiesta para colaborar con ellos y de esta forma constituir un nosotros en plenitud.

Este recibir de todos y colaborar con todos, se alcanza asumiendo la solidaridad plena de la vida social y un lenguaje común que facilite este entregar y recibir, en la dirección que permite crecer y fortalecerse en conjunto. Al hacerlo de esta forma estamos convocando a la persona, para que en este acto encarne y asuma la experiencia de estar viviendo y construyendo su libertad. Es el conjunto de todas las condiciones de la vida social lo que posibilita, en cada una de las personas, el difícil camino que lleva a la perfección. Toda sociedad, para alcanzar la calidad de comunidad de personas, debe aprender a salirse de sí misma, a despojarse de esas pequeñas y grandes vanidades con las cuales nos ventilamos el rostro, para poder de esta forma mirarnos a nosotros mismos en la conquista de nuestra propia identidad. Si lo logramos, habremos despertado en el corazón de cada hombre una irrefrenable exigencia de dignidad. El ser digno significa tener respeto por los demás, por sí mismo y por la naturaleza. Saber ser superior a las cosas con humildad, a la vez que conocer nuestros derechos y deberes. Para lograr dignidad debemos trabajar en forma mancomunada, dando cada uno de nosotros el máximo de sí, de tal forma que se facilite a todos lo necesario para vivir una existencia creadora.

Podemos aprender a usar una máquina, herramientas, un verbo, etc., pero aprender con un objetivo socialmente compartido, es decir, educarnos para despojarnos de nuestra vieja vanidad, es algo más que memorizar, aplicar o analizar un conjunto de reglas o procedimientos. Ello nos exige una trascendencia, un surgir más allá de lo evidente en la búsqueda no solo de un bien físico que sea bueno para el hombre en tanto que ser libre, sino principalmente de aquello que nos permita guiar nuestros pasos, por el sendero del trabajo y el estudio, únicos elementos válidos que hacen nacer ese aprender a comprometernos con el conjunto de necesidades y legítimas aspiraciones de los demás miembros de la sociedad. Sólo en la medida que nuestro compromiso sea carne y vida al interior de nuestra comunidad, estaremos en condiciones de comenzar a respirar dignamente.

Entenderemos que nuestra sociedad está en un proceso de renovación si ha comprendido nuestro mensaje y compromiso. Si ello es así, significa que la comunicación se ha logrado y todos, como comunidad, estamos en vías de enviar la vanidad a un museo. Por el contrario, si no fuera cierto, nuestro diálogo con los demás grupos que componen la sociedad no pasa de ser un simple monólogo de muchos que sólo se escuchan a si mismos, en el cual nadie escucha a ninguno y todos son estudiadamente sordos; luego no les interesa oír y tienen como único objetivo destruir o descalificar en forma intencionada a sus interlocutores.

Esto significaría que el respeto al hombre, a la dignidad de cada ser humano no existe, que nuestra renovación no es tal y que lamentablemente estamos en franco retroceso. Pero por el contrario, si las peticiones en pos de las ya planteadas y sentidas aspiraciones, son escuchadas y existe una sana respuesta, significa que hay intentos, síntomas positivos de renovación.

Los hechos y acontecimientos le dan certificado de vida o de muerte a la vanidad. El sostener públicamente el valor superior de la persona significará construir paso a paso no una perfección, sino una proyección perpetua del ser personal. Debemos vivir en forma permanente el respeto al hombre, sin excepción de nadie. Esto significa llevar a la práctica en nuestro diario hacer, la virtud de escuchar la verdad del otro, que sin ser la mía es la de él y por ese simple hecho, es válida.

Al negarnos a actuar de esta forma de manera consiente y premeditada, lo único que se muestra es nuestra soledad. Debemos una vez más plantearnos que la perfección no es ajena ni distante a esa obligación permanente de acercarnos a todos y servirlos con la mayor eficiencia y relevancia. Del mismo modo, tampoco la perfección es extraña al orden social, entendido este como el progresivo desarrollo del esfuerzo para superar la oposición y la lucha entre los hombres, mediante el libre acceso de éstos y sus comunidades a vivir una vida plena y verdaderamente humana.

El orden social debe partir del concepto base que el orden material debe someterse al orden personal y que éste último deba desarrollarse, segundo a segundo, basado, cimentado en la verdad y la justicia. Pero esta verdad y esta justicia deben tener un equilibrio, y que está dado en la soberanía, que no es otra cosa que la facultad y el poder de una sociedad para gobernarse a sí misma. Es una facultad, porque es una autosuficiencia para dirigir su propio destino sin sujeción a otro poder superior, y es un poder en la medida en que comprende la posibilidad real de darse una forma determinada de régimen político.

La sociedad como nación es el pueblo soberano con sentido de identidad y de continuidad en el tiempo:

“La nación representa una mediación más universalizan te que la familia; educa y desarrolla al hombre racional, enriquece al hombre social por la complejidad de medios que le ofrece, lo proyecta en el abanico integro de sus posibilidades.” (1,61)

La nación se transforma en Estado sólo en el momento en que ejerce su soberanía. Ahora bien, la soberanía no es una acción aislada en el espaciotiempo, pues posee una característica fundamental de continuidad al interior de una comunidad histórica, que los connacionales asumen como propia y que otras sociedades reconocen como tal. Así, en la soberanía nacional se encuentran incluidas:

  • La capacidad de los connacionales para gobernarse a sí mismos.
  • La capacidad de los connacionales para gobernarse por sí mismos.

Aquí, lo fundamental es la unión del “a” y el “por”, pues la exclusión de cualquiera de ellos implica necesariamente niveles de sumisión y una brecha en la trama social de las autonomías, lo que naturalmente afecta al espacio de seguridad relativa de los connacionales. El espaciotiempo de seguridad relativa dice relación directa con:

  • Un territorio en el cual se implanta y desarrolla una forma de vida social, política y económica.
  • Un todo coherente en el tiempo, que llamamos vida o existencia histórica.

La afirmación de un espaciotiempo de seguridad relativa conlleva hermanada una soberanía, y ambos implican necesariamente un orden social. Un orden social necesita una adecuada comunicación de la información respecto de cómo obrar de acuerdo con la norma recta que establece la moral socialmente aceptada, además de estar en constante y progresivo desarrollo, teniendo como norte original, fundamental y básico la verdad y la justicia. Esto significa una renovación permanente de la comunidad de personas, en la búsqueda y el desarrollo de nuevos e ingeniosos mecanismos destinados a superar la división atomista que genera el individualismo. Se trata de una búsqueda de métodos y alternativas que nos permitan:

  1. Salvar las tensiones que genera la marginalidad social.
  2. Realizar los esfuerzos positivos para superar y nivelar las desigualdades que originan los clasismos.
  3. Ser los constructores de diques de contención frente a las frustraciones crecientes.
  4. Ser los que alzan la voz frente a las diversas formas de opresión de grupos y sectores dominantes.
  5. Ser los educadores permanentes de la conciencia de todos los sectores de la sociedad.

La libertad se alcanza si somos capaces de construir la paz, es decir si hemos superado los fracasos y las barreras de los procesos de comunicación entre los hombres que se forman como personas, en definitiva, si la soledad es sólo un recuerdo. Pero la tarea no es fácil.

Conclusión

“Un pensamiento solo existe y se irradia si está entrañado en un sujeto. Sin embargo, si el pensamiento no se hace comunicable, y por lo tanto en cierto aspecto impersonal, no es pensamiento sino delirio.”

Mounier. El Personalismo. 24 pág.